
Breea Carter, Doula bilingüe de parto y posparto
Desde que somos niñas, muchas de nosotras empezamos a imaginar el día en que seremos madres. No es solo un sueño; es algo que crece con el tiempo, con cada muñeca que cargamos, con cada historia que nos contaron, con cada oración dicha en silencio. Y cuando ese camino hacia la maternidad se llena de esperas, de pérdidas y de preguntas que nadie sabe responder, algo muy adentro empieza a doler de una manera que es difícil de explicar.
Quizás estás leyendo esto porque tú conoces ese camino. Quizás te has preguntado: ¿Por qué a mí? ¿Cuánto más puedo aguantar? ¿Acaso hay algo mal en mí? ¿Cuándo llegará mi momento? Son preguntas que se quedan dentro, que no siempre se dicen en voz alta, pero que pesan muchísimo.
Mi primer embarazo llegó sin dificultad, y con él llegó también la ilusión de que todo sería así de sencillo. Pero ese embarazo terminó en pérdida. Y lo que vino después fue algo que no esperaba: la lucha para volver a quedar embarazada, una y otra vez, sin entender por qué lo que antes ocurría naturalmente ya no ocurría. Lo que vivía tiene nombre, infertilidad secundaria, aunque en ese momento solo se sentía como silencio y espera. Ese dolor me cambió. Y cuando estás con una familia en sus momentos más difíciles, lo que has vivido tú también está presente, aunque no lo digas.
Lo que nuestra cultura no siempre nos permite decir
En muchas familias latinas, la maternidad no es solo un deseo private, es algo que se espera de todas. La pregunta “¿y para cuándo el bebé?” llega antes de que estemos listas para responderla. Las reuniones familiares se convierten en espacios donde el vientre vacío se siente más seen que nunca. Y cuando hay una pérdida, muchas veces se guarda en silencio, como si nombrarla fuera hacerla más actual, o como si ese dolor no mereciera ser visto.
Nos enseñaron a ser fuertes, a aguantar, a poner a los demás primero. Esa imagen de la mujer que todo lo aguanta y todo lo da puede hacernos sentir que sufrir calladas es lo correcto. Que pedir ayuda es debilidad. Y aunque la fe puede sostenernos, el dolor que no se nombra no desaparece. Solo se va acumulando.
Lo que la infertilidad le hace al corazón
Lo que pocas personas entienden es que la infertilidad y la pérdida gestacional son duelos reales. Son pérdidas verdaderas, aunque no siempre sean visibles para los demás. La ansiedad, la tristeza que no se va, la sensación de haber fallado, el alejamiento de la pareja, sentir que el propio cuerpo te está traicionando, todo eso es parte de lo que muchas mujeres viven calladas durante este tiempo.
La salud psychological en el periodo perinatal no empieza cuando nace el bebé. Empieza mucho antes: en la espera, en el consultorio médico, en el baño mirando una prueba de embarazo, en el dolor de cada ciclo que vuelve a llegar. Las mujeres que pasan por la infertilidad tienen mayor riesgo de desarrollar depresión y ansiedad, y ese peso puede seguir incluso después de que el embarazo por fin llega. Ese miedo y ese agotamiento no desaparecen de un día para otro, aunque el bebé ya esté en tus brazos.
Lo que yo he visto
Como doula y consejera de lactancia, he estado con familias en momentos de alegría enorme y también de dolor muy hondo. He visto a mujeres llegar al parto cargando años de espera y pérdida que nadie más en esa sala conocía. He acompañado a mamás cuya relación con su cuerpo seguía siendo difícil incluso después de que el bebé llegó. Lo que todas ellas me han enseñado es que este camino, en todas sus formas, merece ser recibido sin juzgar y sin apurarse.
A ti, mujer que estás en esto
Déjame decirte algo que quizás nadie te ha dicho así de directo: Tu dolor es actual y merece ser dicho en voz alta. No estás rota. Tu cuerpo no es tu enemigo. La espera no es un castigo, aunque se sienta exactamente así. Pedir ayuda no es rendirse, hace falta valentía para hacerlo. No estás sola en esto.
Lo que puede ayudarte
No te voy a decir que sea fácil. Pero sí te puedo decir lo que he visto funcionar, en mi propia vida y en las familias con las que he trabajado.
Primero, ponle nombre a lo que estás viviendo. La infertilidad secundaria, la pérdida gestacional, la espera interminable, todo eso es duelo, y el duelo necesita ser reconocido. No le restes importancia porque “ya tienes un hijo” o porque “al menos puedes quedar embarazada.” Tu dolor no tiene que medirse con el de nadie más para ser válido.
Busca a alguien que te escuche sin apresurarse a darte respuestas. A veces no necesitamos soluciones; necesitamos un lugar donde llorar sin que nadie nos diga que todo tiene un propósito. Una doula, una terapeuta perinatal, un grupo de apoyo en español, lo que sea que te ayude a no cargarlo tan sola.
Cuida también tu relación de pareja. La infertilidad puede crear una distancia silenciosa entre dos personas que en realidad están sufriendo lo mismo pero de manera distinta. Hablen, no sobre tratamientos ni próximos pasos, sino sobre cómo se sienten. Esa conversación puede ser lo que los mantenga unidos.
Y si en algún momento sientes que la tristeza o la ansiedad ya es demasiado para cargarlo sola, busca apoyo profesional. No porque algo esté mal en ti, sino porque cargarlo sola tiene un límite. Y no tienes que llegar a ese límite antes de pedir ayuda.
Un ejercicio para este momento
Tómate unos minutos y escribe, o dilo en voz alta, o grábate una nota de voz, respondiendo esta pregunta: ¿Qué es lo que más necesito que alguien entienda sobre lo que estoy viviendo? No tiene que quedar perfecto. Solo tiene que ser honesto.
Apoyo de PSI para familias hispanoparlantes
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