Comprehensive Care for Every Step: Pregnancy, Postpartum, and Baby

Soltar la culpa: la lactancia, mis bebés arcoíris y una nueva forma de maternar

Alexandra Paez-Ferreira,  LMSW 

“¿Y si hubiera insistido un poco más?”

La pregunta apareció una tarde cualquiera mientras doblaba la ropa de mi bebé.

Mi hija tenía apenas cuatro meses. Ya hacía semanas que había dejado de amamantar. La decisión había sido consciente, informada y tomada con amor. Sin embargo, ahí estaba la culpa, sentándose a mi lado como una vieja conocida. Pensé que ya había hecho las paces con esa decisión.

Me equivoqué. Soy trabajadora social clínica. He dedicado años a aprender sobre trauma, salud psychological y salud psychological perinatal. He acompañado a personas en algunos de los momentos más difíciles de sus vidas y conozco la importancia de pedir ayuda, de establecer límites y de proteger nuestro bienestar emocional. Pero la maternidad tiene una manera muy explicit de recordarnos que el conocimiento no siempre silencia al corazón. Y quizá esa sea una de las lecciones más difíciles que he aprendido.

Una historia que comenzó mucho antes de mi bebé arcoíris

Cuando las personas escuchan la expresión bebé arcoíris, muchas imaginan una historia con un last feliz después de una pérdida. Mi historia empezó mucho antes. Antes de convertirme en mamá de mis gemelos atravesé seis pérdidas gestacionales.

Seis, aún hoy me impresiona escribir ese número. Cada embarazo traía ilusión. Cada pérdida traía preguntas que nunca tendrán respuesta.

¿Por qué otra vez? ¿Qué hice mal? ¿Volveré a ser mamá algún día?

El duelo gestacional tiene una característica muy explicit: muchas veces ocurre en silencio.

No hay fotografías. No hay ceremonias. No siempre hay personas que comprendan la profundidad del dolor. Escuchamos frases como:

“Eran muy poquitas semanas.”

“Ya tendrás otro bebé.”

“Al menos sabes que puedes quedar embarazada.”

Frases que, aunque nacen con buenas intenciones, pueden hacer sentir que nuestro dolor no tiene espacio. Después de seis pérdidas llegaron mis gemelos. Recuerdo sentir que finalmente la vida me estaba regalando aquello que tanto había esperado. Pensé que la tormenta había terminado.

No imaginaba que años después atravesaría tres pérdidas gestacionales más. Nueve pérdidas. Nueve hijos que siempre tendrán un lugar en mi historia.

Por eso, cuando descubrí que estaba embarazada nuevamente, no sentí únicamente felicidad.

Sentí esperanza. Miedo. Incredulidad. Gratitud. Y también sentí el impulso de proteger mi corazón por si la historia volvía a repetirse. Llegó cuando menos lo esperaba. Mi hija. Mi bebé arcoíris.

Pero con el tiempo entendí que los bebés arcoíris no llegan para borrar las tormentas.

Llegan para convivir con ellas. Esta vez quería que fuera diferente, con mis gemelos viví una experiencia de lactancia muy distinta a la que había imaginado. Después de tantos años intentando convertirme en mamá, sentía una enorme presión por hacer todo “bien”. Quería ser la mejor madre posible. Quería aprovechar cada segundo. Quería compensar todos los años de espera. Sin darme cuenta, convertí la lactancia en una medida de mi valor como madre.

Cuando las cosas no salían como esperaba, la ansiedad comenzó a crecer. Hoy puedo mirar hacia atrás con más compasión y reconocer que atravesé una crisis importante de salud mental durante el posparto. Recuerdo ansiedad constante. Recuerdo sentirme completamente sobrepasada. Y recuerdo algo que durante mucho tiempo me costó poner en palabras: tenía lagunas de memoria.

Hay momentos del primer año de vida de mis hijos que simplemente no logro recordar. Durante mucho tiempo eso me produjo tristeza. Hoy entiendo que mi mente estaba intentando sobrevivir. Con el paso de los años estudié salud psychological perinatal. Aprendí sobre ansiedad posparto. Sobre depresión. Sobre trauma. Sobre duelo.

Me convertí en trabajadora social clínica y pensé que, si algún día volvía a ser madre, tendría las herramientas suficientes para vivir una experiencia diferente. Creía que el conocimiento sería una especie de escudo. Y, en cierta forma, sí lo fue. Pero no de la manera que esperaba. La decisión que nunca imaginé tomar. Cuando nació mi hija tenía un solo deseo. Quería amamantar. Quería vivir esa experiencia de una forma distinta.

Los primeros días estuvieron llenos de ilusión. Pero poco a poco comenzaron las dificultades. Ella no lograba prenderse bien al pecho. Las tomas fueron frustrantes para ambas. Sentía que mi leche no le caía bien. Cada intento terminaba con lágrimas. Las suyas. Y muchas veces las mías también. Intenté diferentes estrategias. Busqué soluciones, me repetía que sólo necesitábamos un poco más de tiempo. Pero algo dentro de mí comenzó a reconocer sensaciones conocidas. El agotamiento. La frustración. La ansiedad. La obsesión por hacer que funcionara. Y entonces ocurrió algo que años atrás probablemente no habría hecho.

Me escuché. Decidí dejar la lactancia.

No porque no amara a mi hija. Precisamente porque la amaba. Y porque también había aprendido que ella necesitaba una madre emocionalmente disponible más que una madre consumida por la culpa.

Tomé la decisión con paz. Sentí alivio. Pensé que había cerrado ese capítulo. Hasta que la culpa regresó. La culpa también llega cuando creemos que ya sanamos. Alrededor del cuarto mes posparto comenzó una conversación silenciosa dentro de mí.

“Tal vez debiste insistir un poco más.”

“Quizá sí habrías podido.”

“Después de nueve pérdidas tuviste otra oportunidad… ¿la desaprovechaste?”

Es curioso cómo funciona la culpa materna. No necesita lógica. No necesita evidencia. Simplemente aparece. Como trabajadora social sé que una madre que protege su salud psychological también está protegiendo el desarrollo de su bebé. Conozco la investigación que demuestra la importancia del vínculo seguro, de la sensibilidad materna y de la disponibilidad emocional.

Sé que una madre no se outline por el tipo de alimentación que recibe su bebé. Y, aun así…

Seguía sintiéndome culpable.

Fue entonces cuando comprendí algo que jamás aprendí en un salón de clases. El conocimiento no nos hace inmunes. Podemos acompañar a cientos de familias y seguir necesitando compasión para nosotras mismas. Podemos saber exactamente qué le diríamos a otra madre y  aun así, ser incapaces de decirnos esas mismas palabras frente al espejo.

La maternidad también consiste en aprender a tratarnos con ternura. Poco a poco he entendido que mi hija no necesita una madre perfecta. Necesita una madre presente. Una madre que pueda disfrutar verla descubrir el mundo. Una madre que pueda abrazarla sin estar calculando cuántos mililitros tomó. Una madre que pueda reír. Descansar. Pedir ayuda. Equivocarse. Y volver a empezar.

Muchas veces hablamos de la lactancia como un acto de amor. Y lo es. Pero proteger nuestra salud mental también lo es. Elegir aquello que nos permite seguir presentes también lo es. Dar fórmula con paz puede ser un acto profundamente amoroso. Porque una madre que puede sostener emocionalmente a su bebé también está alimentando su desarrollo.

A la mamá que necesita leer esto:

Si hoy estás leyendo estas palabras mientras cargas con culpa por la forma en que alimentas a tu bebé, quiero que sepas algo. No estás sola. Quizá tu historia sea diferente a la mía. Quizá nunca hayas vivido una pérdida gestacional. O quizá también estés criando a un bebé arcoíris mientras intentas reconciliarte con todo lo que has vivido.

Sea cual sea tu historia, quiero recordarte algo que yo misma necesito escuchar una y otra vez. Tu valor como madre nunca ha dependido de cuántos meses amamantaste. No depende de cuánto produce tu cuerpo. No depende de cumplir un plan que la maternidad decidió cambiar. Tus hijos necesitan muchas cosas. Sí, necesitan alimento. Pero también necesitan una madre que pueda mirarles a los ojos. Que pueda responder a su llanto. Que pueda cantarles. Que pueda reír con ellos. Que pueda estar presente. Hoy entiendo que alimentar no siempre significa dar el pecho. Alimentar también es ofrecer seguridad. Consuelo. Disponibilidad emocional. Amor.

Mi hija llegó después de nueve pérdidas gestacionales. Todos la llaman mi bebé arcoíris. Pero los arcoíris no hacen desaparecer las tormentas. Solo nos recuerdan que la lluvia no tiene la última palabra. Mi bebé arcoíris no vino a borrar mis pérdidas. Vino a enseñarme que la maternidad no se trata de hacerlo perfecto. Se trata de aprender, una y otra vez, a elegir el amor por encima de la culpa. Y quizás la decisión más amorosa que he tomado como madre no fue insistir hasta romperme.

Fue darme permiso para seguir entera. Porque una madre que también se cuida a sí misma les está enseñando a sus hijos una de las lecciones más importantes de la vida: que el amor nunca debería costarnos perdernos a nosotros mismos.

En el marco de agosto, mes que visibilizamos la Lactancia Materna y conmemoramos en Día del bebé Arcoíris, publicamos este weblog para abrir la conversación sobre la maternidad después de la pérdida, la importancia de la salud psychological, la lactancia y las muchas formas en que el amor también nutre.   Recuerda que no estás sola, no tienes la culpa. ¡Con ayuda, te sentirás mejor! Comparte este weblog de apoyo en salud psychological perinatal con quien lo necesite.

ACERCA DE LA ATUROA

Alexandra Paez-Ferreira,  LMSW 

Alexandra Páez-Ferreira, LMSW es trabajadora social clínica y madre de tres bebés arcoíris. Apasionada por la salud psychological perinatal y el acompañamiento a familias, escribe desde la convicción de que las historias compartidas pueden convertirse en un espacio de apoyo, esperanza y conexión para otras madres. 

 @latinxpmh


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